EL ARTE DE FINGIR

En los tiempos que corren, donde el consumo parece haberse enquistado tan fuertemente en nuestro diario vivir, la teatralidad y el engaño son elementos esenciales del quehacer económico, tanto para convencer al incauto comprador de que necesita algo que no requiere, como para disfrazar las bondades de un producto o servicio que no suele ser tan fantástico. El problema se produce cuando el destinatario del mensaje advierte aquellas segundas intenciones, que verdaderamente tienen mucho mas relación con la ganancia del vendedor antes que un beneficio para el consumidor.

La insuficiente inversión en educación, especialmente en ciencia y tecnología, ha llevado a extremar el escenario antes descrito, sacándole un provecho desmedido e irracional a las cosas que tenemos a disposición con mínimas dosis de creatividad, como lo son los recursos naturales, intentando convencernos, desde la arena pública y privada, que lo único que importa es la ganancia y el empleo, aunque éste último sea precario, y tal parece que sus métodos de persuasión han logrado imponerse.

Lo más complejo en éste cuadro de despistes y mentiras ocurre cuando es la autoridad la que queda al descubierto en sus mezquinas intenciones. He ahí el punto de partida medular y abiertamente decidor para empezar a comprender el desprestigio de la actividad política y la falta de respeto por nuestros gobernantes. La pérdida del espíritu republicano; la creciente ola de ciudadanos indignados y la decadencia del modelo que moldea nuestra sociedad pasa, en gran medida, por la pérdida de aptitudes actorales a la hora de entregar mensajes potentes, claros, con la suficiente cuota de solemnidad, humor e incuestionable llamado a la ética y la moralidad, discursos que sólo pueden levantar, con la mínima cuota de credibilidad, quienes  posean una visión de estado inteligente y centrada verdaderamente en mejorar la vida del ciudadano promedio; los que puedan utilizar la simpatía y regalar su carisma sin apelar al chistecillo burdo y desubicado, y especialmente quien tenga las manos limpias para poder exigir sin transar, y que en ausencia de compromisos e  intereses personales, o bien rozándose con aquellos, sepa y pueda disfrazarlos para levantar la mirada y  bajarle el pulgar al infractor sin condiciones ni caretas.

Sabido es que el desarrollo de las tecnologías y la creciente demanda por información han contribuido a desmitificar la conducta y los planteamientos de algunos importantes actores de la escena nacional, desnudando sus oscuros propósitos con gran escándalo. Cuan defectuosa ha sido su interpretación de personajes comprometidos con el servicio público. El buen arte del fingir exige algo más que un par de frases vehementes o una risita sedienta de complicidad. Si apelamos a la historia, aquella que quiere borrarse de un plumazo de las aulas, nos encontraremos con una ciudadanía alineada con sus gobernantes, que aunque discrepara de su posición política, le concedía la gracia del respeto por que había una retroalimentación en que ambas partes ofrecían corrección y decencia;  se advertía una visión elevada y elegante en el discurso público; la autoridad se ejercía con sentido de país y no de oportunidad personal; y en las alturas del mando brillaba más la valentía que la vanidad, … aunque en realidad todo fuese mentira.

 

Gonzalo Garay Burnas

Abogado-Escritor

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